¿Por qué algunos cursos se olvidan al día siguiente?

Hay una pregunta que me hago con frecuencia cuando termino una acción formativa:

¿Qué recordará realmente el alumnado dentro de un mes?

No me refiero a si recordarán una definición concreta o el contenido de una diapositiva. Me refiero a algo mucho más importante: ¿habrá cambiado algo en su forma de trabajar, de pensar o de enfrentarse a un problema?

Porque, si somos sinceros, todos hemos asistido alguna vez a cursos que parecían excelentes mientras duraban… y que, apenas unos días después, habían desaparecido de nuestra memoria.

Y creo que eso debería hacernos reflexionar.

No porque el docente fuera malo. No porque el alumnado no tuviera interés. Sino porque recordar no es lo mismo que aprender.

Un buen curso no se mide cuando termina

Existe una idea muy extendida: si el alumnado participa, completa las actividades y supera la evaluación, el curso ha sido un éxito.

Yo no lo tengo tan claro.

Para mí, un curso empieza a demostrar su verdadero valor cuando termina.

Cuando la persona vuelve a su puesto de trabajo.

Cuando intenta aplicar lo aprendido.

Cuando se encuentra con un problema real.

Es ahí donde descubrimos si aquello que enseñamos era conocimiento… o simplemente información.

El exceso de contenido es uno de los grandes enemigos del aprendizaje

Durante años hemos pensado que un curso era mejor cuanto más contenido tenía.

Más documentos.

Más vídeos.

Más actividades.

Más teoría.

Pero ocurre justo lo contrario.

Cuando una persona recibe demasiada información en muy poco tiempo, deja de aprender para empezar simplemente a consumir contenidos.

Y consumir no significa comprender.

Muchas veces, menos contenido y mejor estructurado produce un aprendizaje mucho más profundo.

Aprender no consiste en escuchar

Uno de los errores más habituales es pensar que explicar bien garantiza que la otra persona aprenda.

No es así.

Aprender implica participar.

Pensar.

Relacionar ideas.

Equivocarse.

Volver a intentarlo.

Aplicar.

Si el alumnado solo escucha durante horas, probablemente recuerde muy poco.

En cambio, cuando participa activamente, el conocimiento deja de ser algo externo y empieza a formar parte de su propia experiencia.

La emoción también enseña

Hay algo que olvidamos con demasiada frecuencia.

Las personas no recordamos únicamente datos.

Recordamos experiencias.

Recordamos cómo nos sentimos.

Recordamos quién nos hizo confiar cuando pensábamos que no podíamos.

He visto personas olvidar contenidos técnicos pocas semanas después de un curso.

Pero nunca olvidar a un docente que creyó en ellas cuando ni siquiera ellas lo hacían.

Eso también es aprendizaje.

Y quizá sea el más importante.

Seis claves para diseñar cursos que dejen huella

Quiero compartir algunas ideas que intento aplicar siempre que diseño una acción formativa.

1. Empieza por el propósito

Antes de preparar una sola diapositiva, responde a una pregunta:

¿Qué quiero que esta persona sea capaz de hacer cuando termine?

Si no lo tienes claro, difícilmente lo tendrá el alumnado.


2. Reduce el contenido a lo esencial

No intentes demostrar todo lo que sabes.

Intenta que la otra persona recuerde lo verdaderamente importante.

La profundidad siempre vale más que la cantidad.


3. Conecta con situaciones reales

Las personas aprenden mucho mejor cuando entienden para qué sirve aquello que están aprendiendo.

Los ejemplos cotidianos tienen más fuerza que las explicaciones excesivamente teóricas.


4. Haz que el alumnado participe

Las mejores clases no son aquellas donde el docente habla más.

Son aquellas donde el alumnado piensa más.


5. Ofrece un feedback que ayude a crecer

Corregir no consiste en señalar errores.

Consiste en orientar el siguiente paso.

Un buen feedback no humilla.

Impulsa.


6. Termina con una idea difícil de olvidar

No cierres un curso con una diapositiva de «Gracias».

Ciérralo con una pregunta.

Con un reto.

Con una reflexión.

Con algo que siga acompañando a la persona cuando salga del aula.

Lo que realmente permanece

Cada vez estoy más convencido de que el aprendizaje no se mide por la cantidad de información que una persona es capaz de recordar.

Se mide por aquello que sigue utilizando semanas o meses después.

Por eso creo que el objetivo de un docente no debería ser llenar cuadernos.

Debería ser dejar huella.

Y esa huella rara vez la dejan las diapositivas.

La dejan las experiencias, las conversaciones, los retos compartidos y la sensación de haber descubierto que uno era capaz de aprender algo que, hasta ese momento, creía imposible.

Porque, al final, los mejores cursos no son los que más contenidos tienen.

Son los que consiguen cambiar, aunque sea un poco, la forma en la que una persona entiende su trabajo, su profesión o incluso a sí misma.


¿Y tú qué opinas?

¿Qué recuerdas hoy de los mejores cursos que has hecho? ¿El contenido… o la persona que te lo enseñó?

Comparto reflexiones sobre formación, aprendizaje adulto e inclusión. Si te apetece seguir leyéndolas, puedes recibirlas en tu correo.

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