Aprender no debería darte miedo.
Y, sin embargo, para muchas personas lo es.
Yo lo veo a menudo en formación: miradas que se bajan, silencios largos, frases como “yo no sirvo para estudiar” o “hace años que no aprendo nada nuevo”. No es falta de capacidad. Es miedo. Miedo a equivocarse, a no llegar, a sentirse fuera de lugar.
Durante demasiado tiempo nos han hecho creer que aprender es aprobar, competir o demostrar. Y cuando el aprendizaje se vive así, deja de ser un camino y se convierte en una amenaza. Yo creo que aprender debería ser justo lo contrario: un espacio seguro donde probar, fallar, preguntar y volver a intentarlo.

Todas las personas aprendemos de formas distintas y a ritmos distintos. No hay trayectorias correctas ni edades “tardías”. Hay procesos, historias y contextos. Cuando la formación respeta eso, el miedo se transforma en curiosidad y la curiosidad en motivación.
Desde mi experiencia en educación y acompañamiento, tengo claro que el verdadero aprendizaje nace cuando alguien siente que puede ser quien es, sin juicios. Cuando entiende que no se espera perfección, sino implicación. Que no pasa nada por no saber… porque aprender va precisamente de eso.
Aprender no debería darte miedo.
Debería darte alas.
Y si hoy sientes dudas, inseguridad o vértigo ante un nuevo reto formativo, yo creo que ya estás en el punto más importante: el de querer avanzar.
¿Hablamos con calma?
Si al leer esto te has sentido identificado, o si tienes alguna duda, un proyecto o simplemente quieres saber si esta forma de enseñar encaja contigo o con tu entidad, puedes escribirme. Respondo personalmente y sin prisas.
