Hay una idea que me acompaña desde hace años y que cada vez tengo más clara:
cuando la formación no se entiende, acaba excluyendo.
No hablo de falta de ganas ni de falta de capacidad. Hablo de explicaciones que no conectan, de ritmos que no se ajustan y de aulas en las que algunas personas empiezan a pensar que el problema son ellas. He visto muchas veces cómo alguien se va apagando poco a poco, no porque no pueda aprender, sino porque nadie le ha explicado las cosas de una manera que tenga sentido para su realidad.
Con el tiempo he aprendido que enseñar no va de ir rápido ni de demostrar lo que uno sabe. Va de explicar con calma, de buscar otras formas cuando algo no se entiende y de respetar que no todas las personas parten del mismo punto. Aprender no debería generar miedo ni vergüenza. Y, sin embargo, a muchas personas adultas les pasa exactamente eso cuando vuelven a una formación.
Por eso, en mi forma de enseñar, la prioridad no es acabar un temario, sino que las personas comprendan lo que están haciendo y para qué sirve. Cuando alguien entiende, cambia su actitud, gana confianza y empieza a verse capaz. Y eso, en formación para el empleo, es clave. Sin comprensión no hay aprendizaje real, y sin aprendizaje real no hay oportunidades.
Yo creo que explicar bien también es una forma de innovar. No siempre hace falta añadir más tecnología o más contenidos, sino enseñar mejor. Acompañar el proceso, adaptar el ritmo y estar presente cuando aparecen dudas o bloqueos. A veces, ese pequeño cambio es lo que marca la diferencia.

¿Hablamos con calma?
Si al leer esto te has sentido identificado, o si tienes alguna duda, un proyecto o simplemente quieres saber si esta forma de enseñar encaja contigo o con tu entidad, puedes escribirme. Respondo personalmente y sin prisas.
