Durante años nos han hecho creer que innovar en educación es usar tecnología, cambiar nombres o añadir metodologías con siglas llamativas. Yo creo que hay algo mucho más básico —y a la vez mucho más transformador— que a veces olvidamos: explicar bien también es innovar.
Explicar bien no es repetir contenidos. Es saber leer a las personas que tienes delante, adaptar el mensaje, comprobar si se está entendiendo y volver a explicar de otra manera si hace falta. Es bajar el ritmo cuando alguien se pierde y no acelerar solo para “acabar el temario”.
Desde mi experiencia en formación y acompañamiento educativo, tengo claro que una buena explicación:
- conecta con la realidad de quien aprende
- utiliza ejemplos comprensibles
- da espacio para preguntar sin miedo
- y valida que no entender a la primera es normal
Eso, aunque no siempre se llame innovación, lo es. Y de la buena.
¿Cómo puedes saber si te están explicando bien?
Aquí dejo algunas pistas útiles, tanto si eres alumnado como si trabajas en educación:
- Si puedes explicar con tus propias palabras lo que te han enseñado, hay comprensión.
- Si te sientes cómodo preguntando y no juzgado, el entorno es adecuado.
- Si la explicación se adapta cuando no se entiende, hay intención educativa real.
- Si no todo gira en torno a la prisa o a cumplir un programa, hay foco en el aprendizaje.
¿Y qué puedes hacer tú para aprender mejor?
También hay margen de acción personal:
- Pregunta, aunque creas que la duda es “tonta” (no lo es).
- Pide que te lo expliquen de otra forma si no lo ves claro.
- Relaciona lo que aprendes con tu experiencia.
- Date permiso para aprender a tu ritmo.

Yo creo que la innovación pedagógica real empieza ahí: cuando alguien se siente comprendido, acompañado y capaz. Sin fuegos artificiales, pero con impacto.
Si al leer esta reflexión te has sentido identificado, tienes dudas, un proyecto formativo en mente o simplemente necesitas aprender algo nuevo, podemos hablarlo con calma.
Estoy aquí para acompañarte.
